
Conforme lo iba conociendo, más me sorprendía su extraordinaria habilidad para pasar de la expresión alambicada al exabrupto canalla. Así era Arquíloco. “Esa es nuestra condición. Capaces de subir al Olimpo y beber con los dioses su dulce ambrosía y, en un plis plas, encadenar una sarta de obscenidades que harían palidecer de vergüenza a la mismísima Gorgona. Somos enemigos de solemnidades y protocolos. Por eso, lo que menos soporto es a esos colegas divinos, afectados de hiperplasia artística que van oliendo mierda con la nariz. Se creen que, porque hayan interpretado al mismísimo Zeus en Epidauro, forman parte de su parentela. ¡Pero si además, los dioses no existen! ¡Esto es un oficio, coño!”
No tenía el más mínimo miramiento para esas “locazas” que se llenaban la boca con la palabra arte. “La esencia de nuestro oficio es que está hecho de tiempo. No podemos competir con él como lo hace Fidias y tantos otros cuyas estatuas prolongarán su sombra hacia el futuro. Ni tan siquiera podemos rivalizar con el alfarero anónimo que ahora está modelando su crátera. Seguro que esa crátera perdurará mucho más destilando resina en banquetes y orgías que sonidos que derramemos los histriones en los oídos de los espectadores. Es posible que las palabras perduren en tablillas y papiros, pero no son nuestras. Lo nuestro son los ecos de las palabras y los gestos que compusimos al pronunciarlas. Es decir, polvo. Una actuación jamás podrá competir con un poema, una escultura o una crátera. Ni falta que hace. Nuestros gestos se disuelven en el éter y nuestras palabras van a parar al vacío. Formamos parte del tiempo porque vamos a su misma velocidad. En compensación, el tiempo nos premia con su fruta más jugosa; la instantaneidad del aplauso, alguna moneda, algún trago gratis o, como mucho, un cuerpo amable. ¿Qué más se puede pedir? Y vámonos de aquí, que me voy a poner más pesado que el filósofo preguntón.”