lunes, 12 de marzo de 2012

EL AJEDREZ




El ajedrez es la sublimación simbólica de nuestros instintos primarios, de nuestros más oscuros deseos. Ya lo decía Freud cuando hablaba del retorno de lo reprimido. El ajedrez es el retorno intelectual del hombre de las cavernas que vive agazapado en nuestro cerebro reptiliano. Sobre un tablero de sesenta y cuatro escaques tiene lugar el combate más sangriento que jamás pueda entablar el ser humano. La abstracción del juego no impide en absoluto que lo primario no se exprese con toda su violencia. Para ser no cabe término medio; o se mata o se muere. Ya lo dijo Heidegger: “el hombre es un ser para la muerte”.

La muerte, que representa la derrota, es general a todos los deportes en que compiten dos. Los deportes multitudinarios se parecen más bien a la loca carrera de espermatozoides donde gana uno y pierde el resto. La derrota, al ser numerosa, queda forzosamente suavizada. Sin embargo no conozco ningún deporte donde la crueldad sea tan abrumadora y refinada como en una partida de ajedrez. Cada jugada en el tablero es la crónica anunciada de una muerte segura. Resulta estremecedor asistir a una partida comentada y seguir las diferentes estrategias y sacrificios que hace un bando para forzar al otro a su propia destrucción. Desde este sangriento punto de vista, el ajedrez comparte con el vampiro una lógica interna capaz de seducir a la presa para que por sí misma descubra el cuello en medio de la coreografía de dos cuerpos que organizan la masacre sin mover un músculo.

Y ya puestos en muertes simbólicas, muchas y variadas son las interpretaciones que usan el ajedrez para rebuscarlo y ensuciarlo todo con la manía de matar freudianamente al padre. Es posible que tengan razón, pero a mí no me interesa ahondar en este espinoso tema ahora que mi hijo se ha comprado una pistola espacial y ha hecho de mí su blanco favorito. Últimamente suele dispararme a traición cuando escribo.  Según me confesó el otro día, no sabe por qué pero se siente extremadamente contento con acribillarme la espalda mientras yo acumulo adjetivos y mala leche.

Desde el punto de vista de la guerra de sexos, me resulta muy raro que las feministas españolas más radicales no hayan reivindicado el ajedrez como la bomba definitiva. De todas las piezas con potencia real de fuego, la reina es la que más movilidad tiene y la más mortífera, sobre todo si la comparamos con un rey idiota, prácticamente incapacitado. O las feministas radicales no saben jugar al ajedrez porque están muy ocupadas en leer obras feministas, acudir a foros feministas, hacer películas feministas y abatir al macho allí donde se encuentre, o las feministas radicales españolas son monárquicas y no quieran entrar en terrenos pantanosos. Todavía recuerdo con estupor a tres damas furibundas explicándome que no era contradictorio ser juancarlista y de izquierdas.
Desde el punto de vista gramatical, el ajedrez es el juego que sirve para explicar a la perfección el concepto de estructura en el lenguaje. Ferdinand de Saussure fue quien estableció la noción de sistema usando el ajedrez como ejemplo. El ajedrez es una estructura que consta de un número finito de elementos y unas reglas fijas de combinación que permiten elaborar un número infinito de jugadas. Efectivamente, no hay ordenador en el mundo que sea capaz de atesorar todas las posibles frases con que podemos jugar a comunicarnos a lo largo de nuestra vida. Lo milagroso del lenguaje es que nos permite entender a la perfección cualquier frase de nuestra lengua aunque no la hayamos oído nunca. Exactamente igual me pasa a mí que soy capaz de reconocer en milésimas de segundo a cualquier cuerpo femenino buenísimo aunque no lo haya visto nunca y pase como una exhalación.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Mi padre y mi tio, podian pasar horas jugando ajedrez, y yo mirandoles a ellos. Me preguntaba a mis 10 o 12 años, que de interesante podia tener ese juego, si el rey y el peon siempre terminaban en la misma caja.

Un beso.

El Porquero de Agamenón dijo...

Espero no haberla decepcionado porque a esa edad usted estaba asistiendo a una carnicería sin saberlo.
Espero también que no le haya alcanzado la sangre.Es muy contagiosa.