Todavía recuerdo
con estupor la imagen de un portero de fútbol llorando y mirando al cielo para
hacerse perdonar por el público un fallo que le había costado a su equipo un
gol.
Hacía ya tiempo
que llorar en público se había convertido en una coartada retransmitida y
alentada desde todas las pantallas. “¡Qué emotiva y sensible se ha vuelto la
gente! Mal asunto”, pensé.

Entonces me
viene la imagen del portero famoso y millonario mendigando con su llanto la
comprensión del público y a su lado una madre que, desde el fondo del tiempo,
le dice: “Llora como mujer lo que no has sabido defender como hombre”
(Traducción al
lenguaje estúpido y políticamente correcto: “Llora como un niño@ lo que no has
sabido defender como un adulto@”)
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