
El imbécil cree que no tienen nada que aprender de nadie porque él es el mundo y su propio maestro. Desprecia las reglas porque la única regla por la que se guía es su ignorancia y su insolencia. El genio es la palabra talismán que le sirve para justificar su impotencia y la inspiración es el pasaporte que justificará su vagancia. De aquellos lodos estos polvos del diseño creativo, la inteligencia emocional, la cocina de autor, la deconstrucción de la tortilla y la menstruación de la cangreja; manifestaciones excelsas del complejo democrático-narcisista del “todo vale”, “sé tú mismo” y “haz lo que tú sientas”. Puro romanticismo. Cautivo y derrotado el principio de excelencia que se basa en el oficio, la tradición y el gusto por la obra bien hecha, cualquier peluquera de barrio, cualquier fontanero listillo puede ser un artista.
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