SI DAS ESPACIO A LA PALABRA, GUARDA UNA GRIETA PARA EL SILENCIO.
Autodefinición Informal. Con todo mi respeto, soy apolíticamente incorrecto. Mientras más viejo, más tierno me vuelvo y también más radical.
viernes, 26 de diciembre de 2014
viernes, 5 de diciembre de 2014
RAJOY UND DER SCHRIFTSTELLER OHNE GESCHICHTE
Ya sé que es público y notorio que sólo leo el As y el Marca salvo alguna cosa. Si el que fue presidente perteneciente al mismo partido al que usted se refiere, hablaba catalán en la intimidad, a mí, para no ser menos, me gusta leer alguna buena novela de humor acompañada de algún opíparo puro.Uno de mis asesores me la recomendó y me dijo:"Mariano, leete EL ESCRITOR SIN HISTORIAS, te lo vas a pasar chachi. Está muy bien escrita, en un estilo cuidado y ameno. Es muy curiosa y peculiar, llena de historias que van surgiendo en medio de una lucha sin cuartel entre dos escritores; el escritor desconocido y el escritor sin historias. El final te va a sorprender"
Jamás ningún asesor ha sido tan exacto y preciso en asuntos políticos de los que no tengo la menor idea. Ha dado en el clavo. Me la leí de un tirón mientras volaba a Nueva York. EL ESCRITOR SIN HISTORIAS es increíble. He ordenado que la traduzcan inmediatamente al alemán. Es el mejor regalo que le puedo hacer a mi adorada Angela Merkel.
Etiquetas:
El oficio de escribir.
jueves, 27 de noviembre de 2014
POR QUÉ YA NO LEO NOVELAS. EL ORIGEN DE "EL ESCRITOR SIN HISTORIAS".
Hace ya
bastante tiempo que la novela dejó de ser la protagonista casi absoluta de mi
actividad lectora. Es más, para ser exactos, debo confesar que el género
narrativo por excelencia, que presidió mi gozosa juventud, ha desaparecido por completo de mi amplio
horizonte intelectual. A veces, muy pocas, esa es la verdad, sólo cuando siento
lástima de mí mismo, saco del estante alguna novela emblemática, a ver si soy
capaz de leerla de cabo a rabo. Vano intento. Al tercer o cuarto capítulo la
dejo abandonada sin demasiado complejo de culpa.
Me estoy
haciendo viejo. Eso significa que, al tener más pasado que futuro, necesito
aferrarme a las cosas reales. Por otra parte, el futuro que me espera es tan previsible como una película vista
cien veces. Decadencia y declinación. Puestos así, prefiero estudiar la
Decadencia del Imperio Romano que no estudiarme a mí mismo a través de unos
personajes sicológicamente caracterizados cuya peripecia acabará indefectiblemente
con la palabra fin, que es como acabaré yo. No merece la pena.
Sin
embargo, la Historia no acaba nunca por mucho que un filósofo americano,
neoliberal y mamporrero, haya dictaminado su fin. Siempre cabe la posibilidad
de que, cuando menos se lo espera uno, estalle una revolución que se lleve por
delante todo lo establecido. De ahí que la Historia haya usurpado el trono a la
novela con una violencia inaudita, mandándola al exilio intelectual sin ni
siquiera agradecerle los servicios prestados.
A lo más
que llego ahora, en que me hallo sumergido en el estudio de la Revolución
Francesa, es a leer con fruición algunas páginas de una buena novela donde se
guillotina mucho y bien. Nada que ver con la bazofia seudohistórica de las
novelas mágicas que inundan hoy las grandes superficies comerciales y las pocas
librerías que van quedando. (Las pobres no tienen más remedio que vender
literatura a granel si quieren subsistir).
Para
cerciorarme de que esta incapacidad mía era fruto del paso del tiempo, me puse
a leer novelas malas o francamente malas pero de mucho éxito. El resultado fue
muy parecido a cuando me dio por intentar leer a prestigiosos autores de
farragosa sintaxis y estructura laberíntica que aparecen en las revistas
culturales. Tardaba un poco más, eso sí, en dejarlas inconclusas, me refiero
claro está a las novelas comerciales, pero, en vez de devorarlas como hace todo
el mundo, las masticaba cansinamente como si me faltaran los dientes. Un
aburrimiento existencial, muy superior a mi raquítico sentido de culpa, hacía
que las devolviera a la biblioteca con inusitada prontitud.
(El otro
día se me pusieron los vellos de punta cuando vi a una señora llevarse de una tacada cuatro novelas del
mismo autor mediático al cual abandoné en la segunda página del tomo primero
donde decía que Alejandro Magno se puso a llorar. ¡Mentira cochina! ¡En la
época de Alejandro Magno la gente no lloraba y los héroes, menos! ¡Lloran a
moco tendido los millonarios héroes actuales cuando pierden un partido de fútbol
o de lo que sea! ¡La gente moderna moquea mucho por cualquier cosa! Se ha
puesto de moda el llanto público para demostrar lo sensibles y sensitivos que
nos hemos vuelto).
Una vez
hecha la constatación introspectiva acerca de por qué las novelas se me caían
de las manos, necesitaba contrastar mi parecer con el parecer de otros. No tuve
más remedio que salir de mí y viajar a los mundos exteriores donde habitan,
omnímodos y omnipotentes, mis amigos ilustrados con sus reinos de Taifas y sus
satrapías. (Afortunadamente, por higiene mental, también dispongo de otros amigos bastante
iletrados con los que hablo de fútbol y juego al ping-pong).
Temía yo
que, en el fondo, esta impotencia mía como lector de novelas fuera trasunto de
otra más íntima que se cernía sobre mí. Así que interrogué a mis amigos
intelectuales, independientemente de que fueran espesos y alemanes o jugaran a
ser frívolos e iconoclastas, y no obtuve una respuesta contundente. Como ya
suponía yo, no hicieron otra cosa que irse por los cerros de Úbeda para acabar
hablando de sí mismos y de sus magnas obras.
Aprovechado
el asunto de la impotencia intelectual como trasunto de la sexual, indagué
entre mis amigos iletrados acerca de la relación entre deporte y sexo. Tampoco
obtuve una conclusión meridiana. Al menos estos no se andaban por las ramas
sino que más bien se reían a mandíbula batiente para después contarme un par de
chistes guarros y enseñarme fotos pornográficas con el móvil.
Conclusión;
abandoné definitivamente la lectura de la última novela francamente mala que se
me estaba cayendo de las manos y me entregué, libre y aliviado, a la práctica
del ping pong. (El sexo vendría por añadidura y de qué manera cuando se produjo
un vuelco absoluto en mi vida).
El mundo
femenino no tiene nada que ver con el mundo masculino. La mujer tiene una
relación mucho más íntima e intensa con la palabra que el hombre. Le encantan
los culebrones larguísimos y las novelas con cientos de páginas a condición de
que acaben bien y no haya violencia gratuita. No les suelen gustar las novelas
de mafiosos ni de superhéroes a no ser que sus vilezas y heroicidades estén
estrechamente ligadas a una peripecia amorosa potente.
Es
sumamente difícil ver a un lector masculino con una novela gorda entre sus manos.
Sin embargo el tocho novelesco de quinientas y pico de páginas, como mínimo,
forma con la mano femenina una perfecta unidad de destino. Mi hija veinteañera,
por ejemplo, es una devoradora insaciable de novelas gordas, al igual que
muchas mujeres que veo cuando viajo en
tren.
En lo
referente al mundo homosexual sería muy interesante comprobar si tiene las
mismas tendencias lectoras que el mundo femenino. Me gustaría muchísimo
saberlo, pero mi pudor me impide preguntar a un joven que lee una novela gorda
en el tren si es homosexual. Por otro lado, los amigos homosexuales que tengo o
son todos adictos a las revistas de moda y al gimnasio o son poetas finos y exquisitos, de cuerpo
más bien esmirriado que practican una poesía decadente y helenizante.
En estas
estaba yo, cuando se produjo en mí un vuelco absoluto que me permitió unir en
un mismo paquete turístico mi afición presente por la Historia con el amor que
dispensé a la lectura de novelas cuando joven. De hecho ahora vivo una segunda
juventud, llena de esplendor. La solución era muy sencilla. Ponerme del otro
lado. Visitar la cara oculta de la luna descubriendo un mundo nuevo. Impotente
como lector de novelas, adquirí una
potencia inusitada cuando me puse a escribirlas. Ahora sí que podía ser el
protagonista absoluto, el supremo hacedor de historias que, al surgir como
hongos, se hacían imprevisibles y sorprendentes para mí, que las escribo,
cuanto más para ti, querido lector, amantísima lectora, que en tus manos tienes
la posibilidad de gozar de “El escritor sin historias”, una novela llena de
historias entrelazadas por un sutil hilo narrativo que os deparará un final
inesperado.
viernes, 21 de noviembre de 2014
LA SOCIEDAD DEL ESPECTÁCULO
La navidad está
como quien dice a la vuelta de la esquina y ya ha venido, como siempre, su
heraldo anunciador en forma de muerte espectacular. Nuestra capacidad para
acumular ritos y funerales es infinita. Así nos aseguramos ser lo que cada vez
más somos. Espectadores. La vida es un espectáculo, la muerte es un espectáculo
y cuando no hay muerte ni vida, nos convertimos en espectáculo de nosotros
mismos fotografiándonos hasta en el cuarto de baño.
(A esta
peregrina forma de fotografiarse se le llama selfie, que significa que hay que
ser muy egoísta “selfish” para hacerse una foto sin tener en cuenta la cantidad
de seres humanos que pueden estar pasando en esos momentos, no por el cuarto de
baño sino, por ejemplo, por un puente con una torre muy moderna al fondo. ¡Qué
le costaría a la persona egoísta dirigirse a cualquiera de ellos y pedirles
amablemente que le hicieran el favor de
fotografiarle, con lo cual abriría la posibilidad de establecer una
comunicación verbal que podría hacer que la persona desconocida se hiciera
conocida y, un poco más tarde, querida y así la persona egoísta dejaría de
serlo, por lo menos en lo que concierne a la reproducción de una instantánea!).
No se me
olvidará jamás la primera vez que vi la imagen de un sujeto haciéndose un selfie.
Atravesó la pantalla del televisor y entró en mi retina como un rayo mientras
ponía la mesa para comer. Habitualmente
almuerzo y ceno viendo la televisión porque necesito recordarme a mí
mismo que soy mortal. Fuera de ese tiempo, la televisión no existe para mí. Por
eso agradezco a los dioses que la hora de comer coincidiera con el tópico
navideño del primer día de rebajas.
Fue entonces
cuando la imagen del televisor penetró en mi cerebro y explotó. Debí esperar
toda la tarde para que el telediario de la noche confirmara lo que creí ver. Y
vi al sujeto anónimo del mediodía repitiéndose a sí mismo en cada uno de sus
gestos. Un sujeto con gafas de pasta y aspecto de friqui en medio de una masa
satisfecha de salir en estampida por televisión.
Las puertas del
gran almacén se abren y lo que antes eran espaldas y calvas mediante una cámara
exterior, ahora son risas y prisas frontales de marujas, jubilados y jóvenes.
Se nota que se esmeran en cumplir el papel de figurantes que asegure a los
telespectadores una navidad idéntica. Todo es impostado y falso. Mientras las
puertas se abren, los figurantes pasan mirando a cámara y haciendo como que
corren hacia los distintos departamentos. Los planos siguientes vuelven a
captar los mismos rostros ensimismados en los artículos mientras los brazos se
convulsionan.
Pero volvamos al
friqui gafapasta. Lleva el móvil en su brazo derecho completamente estirado
para verse a vista de pájaro mientras forma parte de la muchedumbre atropellada
que se interioriza en el almacén. No contento con formar parte de la masa que
avanza, el sujeto se graba a sí mismo.
Juez y parte, espectador y autor, si es capaz de verse desde afuera como
integrante de una masa por dentro, no cabe la menor duda de que goza de los
atributos de un dios. La mirada divina es en esencia ubicua y eterna, pues la
eternidad todo lo abarca e iguala; las acciones nimias y las heroicas.
El hombre se ha
igualado a dios por la metonimia de convertir el cuerpo, su cuerpo, en ojo que
mira y se aplaude. Somos el mayor espectáculo del mundo.
Espectáculo
viene del latín specto, “ver”, que se relaciona con speculus, “espejo”. La
imagen del friqui que asiste a su propio espectáculo es espejo y metáfora de lo que somos todos. Unos mirones que todo
lo aplauden empezando por nosotros mismos. Lo aplaudimos todo porque todo lo
vemos y de cualquier cosa hemos hecho un espectáculo. Hasta de la muerte. Como
la desventurada “gran hermana” inglesa que hizo de su cáncer fatal una unidad
de destino en lo catódico y universal. Por aplaudir, aplaudimos hasta a los
muertos cuando pasan en sus ataúdes, como está pasando el ataúd de la duquesa,
atiborrado de loas y sahumerios. Los muertos, sin embargo, son muertos pero no
tontos. Saben que no les aplaudimos a ellos. Nos aplaudimos a nosotros y a la
pena grande que nos da el pobre muerto que lo está porque no puede asistir como
nosotros a su propio espectáculo. No importa, para eso está el vivo que, con
tal de aplaudirse, es capaz de hacerse un selfíe con el ataúd de la duquesa al
fondo.
Marx tenía
razón: “Mirones de todo el mundo, aplaudíos.”
miércoles, 19 de noviembre de 2014
¡GLORIOSA NOTICIA, ALELUYA, POR FIN!
Ya está a la venta la novela mía “El escritor sin historias”
tan llena de historias irónicas, divertidas y muy digestivas.
Ya la puedes comprar on line en digital al precio de 7
hermosos euros o en papel al precio maravilloso de 17 euros, IVA incluidos.
La puedes adquirir en:
www.eltoroceleste.com
No te decepcionará. Prepárate para disfrutar de las
peripecias que transcurren en la famosísima Costa del Sol y del Ladrillo.
Etiquetas:
El oficio de escribir.
EL SEÑOR GUARDIOLA Y LA CONJURA DE LOS NECIOS.
De entre esta conjura
incesante de necios que hacen todo lo posible por volvernos completamente
idiotas, destaca el señor Guardiola. No por necio, que no lo es en absoluto,
sino por ser un privilegiado.
El privilegio del señor
Guardiola es doble. Por un lado dispone de un cerebro único de alto
rendimiento. No es un vulgar investigador que gana el premio europeo al mejor
científico joven y pierde una beca en nuestro país. Tampoco es un arquitecto
que levanta hermosos y prácticos edificios para que la gente viva mejor o un
ingeniero constructor de obras solventes y sólidas. Nada que ver, ni mucho
menos, con un cirujano cardiovascular que trabaja en un hospital público con un
contrato del 75 por ciento debido a los recortes. Compararlo a un catedrático
universitario con un montón de libros a sus espaldas, sería un insulto. Para el
señor Guardiola, por supuesto. Y si descendemos a la escala social e
intelectual de funcionarios que funcionan; jueces, abogados, informáticos,
maestros, administrativos o de gente que va por libre como los artistas y los
trabajadores manuales, confrontarlos al señor Guardiola, una broma de muy mal
gusto. Para el señor Guardiola, insisto.
Porque el señor
Guardiola ha dedicado su privilegiado cerebro a la más alta misión que han
contemplado los siglos. Dar magníficas patadas a un balón, cuando joven, y ya
de mayor, enseñar a otros a dar magníficas patadas a otros balones. ¿Cabe
misión más encomiable?
El otro privilegio del
señor Guardiola consiste en percibir una retribución acorde con su estatus
intelectual. Según parece, su contrato de entrenador con el Bayern Munich
alcanza la cifra de 9,3 millones de euros por temporada. Limpios de polvo y
paja. Traducido al castellano serían 1.547 millones de pesetas. Sólo el sueldo mondo y lirondo, sin contar sus
lógicos ingresos por obtención de objetivos y publicidad.
Es decir, que el señor
Guardiola se levanta temprano con el fin de iniciar su dura tarea y, mientras
va al baño para depositar su privilegiada orina, puede que, antes de tirar de
la cadena, se haya dicho con justa satisfacción: “Este día voy a ganar, como
mínimo, cuatro millones doscientas treinta y ocho mil trescientas cincuenta
seis pesetas. Me lo merezco”. Y tras una pausa, es posible que se haga una
sencilla pregunta: “¿Cuántos aviones puedo tomar de Munich a Barcelona para
cumplir con la tarea catalana de separarme del temible Estado Español?”
Pero antes de escindirse
de semejante monstruo, lució como nadie la camiseta de la selección española,
realizó excelentes partidos con el equipo de sus amores, el Barcelona, ganando
6 Ligas del país opresor, 2 Copas del Rey Borbón, 4 Supercopas supervejatorias,
más 1 Copa de Europa, 1 Recopa de Europa y 2 Supercopas de la UEFA, acabando su
excelsa carrera en Italia en el Brescia donde fue acusado de dar positivo por
el uso de la nandrolona, un anabolizante androgénico esteroideo que se
encuentra en pequeñas cantidades de forma natural en el cuerpo humano. Sus
efectos positivos incluyen crecimiento muscular, estimulación del apetito y
aumento de la producción de glóbulos rojos y de la densidad ósea.
“Yo jamás me he dopado.
Es mi cuerpo quien produce un exceso de nandrolona de la misma manera que
también produce un exceso de nacionalismo”, alegó el señor Guardiola. Y fue,
lógicamente, absuelto.
El señor Guardiola no
sólo ha viajado mucho sino que también ha vivido junto a su familia unas
merecidas vacaciones de un año en Nueva York. Desde allí, además de aprender
inglés y estudiar alemán como miras profesionales, enarboló la flor
inmarcesible de la catalanidad.
Ante este soberbio
currículo, “voto a Dios que me espanta esta grandeza”, surge en mi atolondrado
cerebro una pregunta muy sencilla, ¿De qué o para qué se quiere separar este
buen señor si ya está separado del todo y para siempre del resto de los
mortales? Inmediatamente me viene otra: ¿Pretenderá el señor Guardiola que, al
separarse de la España Fagocitadora y Cruel, todos sus compatriotas catalanes
ganen sus mismos milquinientos y pico millones anuales? ¿Cómo resolverá este
reto el Gobierno Catalán?
Porque no puedo pensar
que el señor Guardiola siga aumentando alegremente sus ingresos mientras a sus
escindidos y, por fin, liberados compatriotas el Govern, los sigue desahuciando
y recortando prestaciones y derechos como hasta ahora no tenía más remedio que
hacer obligado por la España Invasora.
Seguro que el señor
Guardiola, nombrado por la Generalitat Consejero Áulico de Relaciones con
Europa, elaborará un plan para futbolizar por completo Cataluña de manera que
todos sus habitantes entren de manera natural en las ligas europeas más
selectas y millonarias.
Porque sería absurdo
pensar que el señor Guardiola destinase ingentes cantidades de su dinero a
pagar a los parados y a los desahuciados catalanes. No me consta que el señor
Guardiola alguna vez haya cogido aviones desde el mundo mundial para venir a
Cataluña a solidarizarse con los que no tienen trabajo ni prestaciones sociales
y sufren recortes en escuelas y hospitales.
No he oído del señor Guardiola
ninguna declaración en ese sentido o algo que pudiera parecerse como que
destinaría una gran parte de su dinero a contratar parados para formar un
ejército que pudiera defender a Cataluña de los pérfidos españoles.
El dinero del señor
Guardiola permanecerá en su bolsillo hasta el fin de los tiempos. Hace bien. Es
suyo y se lo ha ganado merecidamente en la más alta misión que han conocido los
siglos sobresaliendo del resto de los mortales; Jugar al fútbol y de vez en
cuando, sólo de vez en cuando, tomar aviones para votar. Como todo el mundo.
lunes, 27 de octubre de 2014
Suscribirse a:
Entradas (Atom)




