lunes, 30 de mayo de 2011

ARTISTA.



Forma de estar en el mundo. Si el artista es verdadero, no hará ruido.

miércoles, 25 de mayo de 2011

MI PADRE.



Oficialmente nací al mundo una mañana de invierno en una capital de provincias fronteriza con Portugal. En ella vivieron mis padres setenta años juntos. Ahora vive solo mi padre con su “soledad horrible”, según me dijo la otra tarde antes de ir a visitar a las nietas ucranianas que jugaban al hulahop en un parque.



Mi padre es muy mayor y, por lo tanto, un animal de costumbres muy hechas. Todos somos animales de costumbres, pero con el paso de los años nos volvemos más maniáticos. Mi padre siempre ha sido muy pertinaz en todo desde siempre. Un niño bueno al que se podía dejar en un banco público mientras uno hacia un papeleo en cualquier centro oficial cercano, con la seguridad de volverlo a encontrar en el mismo banco y sentado de la misma manera. Último superviviente de nueve hermanos muy longevos, juega al nueve en la lotería y en los cupones y también al trece por mi madre. Aunque ya no esté, mi padre sigue jugando al nueve y al trece como una manera de tenerla presente. La otra manera es cuando, sin darse cuenta, usa el plural para referirse en exclusiva a él. Esta especie de hipóstasis con mi madre la ha tenido siempre. Desde que se hicieron novios, constituyó con mi madre una unidad de destino en lo maternal.



Cuando hablo de animal de costumbres refiriéndome a mi padre no pienso, claro está, en el fiero león, el dorado tigre o el rocoso cocodrilo, todos ellos con sus costumbres y sus manías tan particulares. Ni tan siquiera pienso en el perro o en el gato. Más bien me refiero al caracol, no por su lentitud, que no cuadra en absoluto con la disposición anímica y la capacidad física de mi progenitor, sino por el profundo carácter familiar que le confiere el hecho de llevar la casa encima.



Por las mañanas no para hasta las doce yendo de un sitio para otro, comprando la fruta en donde el frutero de la esquina o yendo religiosamente cada día al supermercado de unos grandes almacenes repletos de jubilados como él. Nunca sale antes de las diez que es cuando llega la muchacha a hacer la limpieza. Un poco antes, duchado y vestido, se coloca tras el ventanal del balcón para ver la moto que traerá a la muchacha y alejará un poco su soledad de hombre antiguo. Entonces sí podría hablar de mi padre como un perro fiel que espera a su dueño.



Las tardes las dedica a leerse tres periódicos de la misma cuerda que completa por la noche con la visión de una cadena de televisión tremebunda donde todo el mundo está muy enfadado. Entre periódico y periódico, hace una pausa y se pone a andar a pasos rápidos y cortos por el pasillo hasta llegar a tres mil quinientos según un aparatito que lleva consigo.



Antes anotaba las horas de sol de cada día del año, que venía en el periódico local, hasta completar una tira larguísima de papel varias veces doblado longitudinalmente y lleno de cifras y letras grandes, pero me parece a mí que ha sustituido el cómputo solar por los pasos.



Cuando no estaba tan asustado, solía andar por la universidad con un palo terciado a la espalda por si tenía que espantar a algún perro. El campus universitario está a las afueras de la ciudad camino de la frontera, que es por donde cogió el coche la última vez para ir a comprar lechugas y no llegó a su destino porque la policía portuguesa lo paró por un pequeño exceso de velocidad que le costó una multa de ciento veinte euros, según me contó cuando se vino conmigo a inflar las ruedas en una gasolinera y, de paso, nos fuimos a la universidad para andar un poco, cosa que no pudimos hacer porque la han vallado y era domingo.



A mi vuelta de la ciudad fronteriza donde nací, me llamó mi hermano para preguntarme cómo había visto al padre. Fue entonces cuando supe que el pobre se había asustado tanto con la policía portuguesa que se puso a llorar en el coche…

lunes, 23 de mayo de 2011

TRATADO POLÍTICO BREVE. ELECCIONES.



Resultado: Más de lo mismo pero peor.



Conclusión: ¡Indignaos!


sábado, 21 de mayo de 2011

JORNADA DE INDIGNACIÓN.



Dominadas las pantallas mediáticas por los políticos y el populacho, el pueblo ocupa la plaza. En la plaza, ágora, tuvo lugar el origen de la democracia en Grecia.


¿Cómo se atreven estos ignorantes malintencionados a hablar de ilegalidad o de antisistema?

viernes, 20 de mayo de 2011

SPANISH REVOLUTION.



En esta democracia bipartidista tan perfecta en que vivimos gracias a una inmejorable ley electoral, la victoria del partido A depende exclusivamente de una minoría amplia y crítica que o se abstiene o vota con la nariz tapada para evitar que gobierne el partido B.




El partido B, sin embargo no tiene problemas, mejor dicho tiene un solo problema, su techo. Alcanzado un número determinado, no consigue casi nunca un voto más. A cambio, el votante del partido B vota religiosamente como si fuera a misa del domingo.




Ya podrán mostrarle un obsceno vídeo con las fornicaciones más inmorales de sus líderes, que el votante del partido B jamás tendrá un segundo de duda.




Lo avala en su contumacia inconsciente la política económica del partido A. La misma, al fin y al cabo que la de su partido.




miércoles, 18 de mayo de 2011

VUELO LIBRE.



Ya que los neoliberales hacen de la libertad su santo y seña a costa de millones de parados, sería muy deseable que aprendieran a volar libres como los pájaros. Nada mejor que usar como trampolín las ventanas de sus magníficos despachos. Vuelo libre ya.

lunes, 16 de mayo de 2011

MULTAS, MÓVILES, COCHES, PUNTOS






En el banco me adentré dispuesto a pagar la bonita multa que me habían propinado el día anterior. Allí formé una ligera cola integrada por un individuo encorbatado y embutido en un traje de ejecutivo de medio pelo que, en un momento determinado, sacó de la cartera una denuncia de tráfico donde era multado por usar el móvil conduciendo. Me alegré mucho pues mi vida viajera en el Ave me había hecho ser muy reacio a tales especímenes que no paran de hablar de negocios en ese lenguaje tecnoburrro que les caracteriza mientras yo intento leer. Mi alegría fue interior, por supuesto, cuando el ejecutivo me refirió su percance, pero no me privé de decirle finamente que se lo tenía bien merecido por capullo.




Por si no ha quedado claro, odio el uso público del móvil en Ave o en tierra. Eso de estar con tres conocidos tomando una cerveza por compromiso, sonar un móvil, cogerlo alguien y, en vez de levantarse e irse al carajo, quedarse repantigado en la silla hablando a grandes voces e interrumpiendo la conversación de los demás o eso de estar en la consulta del médico y ponerse a hablar sin pedir ni tan siquiera perdón o aquella vez en que me ofrecí a acompañar cortésmente al hotel a un individuo que me podía procurar algún trabajillo y nada más salir de la plaza donde estábamos, coger el móvil y no parar de hablar durante los quince minutos que duró la caminata para al final, ya en la puerta del hotel, despedirse displicentemente de mí porque todavía seguía enganchado, es algo que me saca de mis casillas.




Por no hablar de lo peligroso que resulta ir conduciendo por la ciudad y ver en el espejo retrovisor a alguien en pleno cabreo hablando por el móvil acercándose cada vez más o tardando más en frenar y tú con la mano puesta en el claxon sin dejar de mirar al espejo y a punto de atropellar a un anciano que cruza un paso de cebra o, ya puestos, ponerte en lugar del anciano y ser tú mismo quien cruza el paso de cebra mientras pasa rozándote un coche a toda leche con alguien en el interior hablando enloquecidamente a solas.




Nada de esto le dije al ejecutivo de medio pelo sino que lo acojoné indicándole que, según un estudio de la universidad americana de Iowa, el uso del móvil conlleva un “efecto burbuja” que representa una pérdida de atención del sesenta al ochenta por ciento cuando se habla y del treinta al cuarenta por ciento hasta diez minutos después de la llamada, cosa que es verdad a grosso modo, excepto lo de la universidad americana, el tanto por ciento y el nombre del efecto que me inventé sobre la marcha. No hay nada mejor para engañar a un ejecutivo que mencionarle un tanto por ciento y cualquier universidad americana. Caen como ejecutivos chinos. Lo del “efecto burbuja”, reconozco que es de cum laude.




Para mi placer me contó el ejecutivo de medio pelo que habían caído muchos ejecutivos más del mismo pelo en el puesto que montó la policía a la salida del aeropuerto. Si no nos pillan en más infracciones es porque realmente no quieren o por presiones de la industria automovilística a no ser que la crisis se agudice tanto que su sueldo dependa exclusivamente de las comisiones que perciban de las multas, lo que obligaría a una reestructuración total del carné por puntos. Habría que practicar entonces una disección muy limpia entre el cobro y los puntos en el sentido de que el ingreso del copioso dinero en la bucheta del Estado casi nunca llevara aparejada el quite de puntos a no ser que nos concedieran para nuestro disfrute mil puntos a cada uno. Lo digo porque yo tengo meridianamente claro, que considerándome un conductor responsable pese a mis despistes leves, con una educación viaria exquisita que hace que cuando alguien me presiona por atrás porque quiere pasar a cualquier precio, yo humilde y ostentosamente me hago a un lado hasta parar si hace falta, abro la ventanilla y le doy amable paso al frenético y en vez de obtener alguna señal de agradecimiento, ya desatado y veloz, el frenético me atrona con su potente claxon como cagándose en mi pobre puta madre, cosa que no entiendo, tengo claro digo que, en cuanto mis puntos lleguen a ninguno que llegarán como se sigan apostando en ocultos stops de caminos muy secundarios, abandonaré por completo la carretera y me ahorraré una cantidad de dinero impresionante en la compra de un coche con el consiguiente cabreo de la industria automovilística, del taller mecánico y del propio Estado, la autonomía y el municipio pues ya no pagaré por triplicado con mis impuestos la misma carretera. Imagine el lector la hecatombe que podríamos ocasionar cientos de miles de ciudadanos concienciados y hasta los mismísimos de que nos estén continuamente esquilmando.